Más sombras que luces. A propósito de la última lectura sobre Simone Weil.
La última publicación sobre Simone Weil en nuestro país es, si no me equivoco, el cuaderno n. 223 de Cristianismo y Justicia de junio de 2021: Luz y sombras (A propósito de Simone Weil), del filósofo, teólogo y jesuita José Ignacio González Faus.
Coincidí con González Faus en el coloquio de abril de 2019 organizado por la American Weil Society y tomé notas de algunos aspectos a re-pensar. No encontré, en esa introducción que hizo y que resigue la primera parte del texto, algunos elementos que aquí aparecen y que, a mi modo de ver, arrojan más sombras que luz, especialmente en la segunda parte: “Dolor y gloria”. Simone Weil vista por su sobrina.
Comienza el cuaderno, como empezó su conferencia, aclarando que él no es un experto en Simone Weil, quizás eso justifique el que hable de la sexualidad de Simone, como si eso fuera determinante en su pensamiento y obra. En fin, ¿y qué importa la sexualidad de un filósofo? Sin embargo, parece que sí importa cuando es filósofa.
Simone Weil tiene un escrito que me apasiona y que traigo a menudo a mi memoria, entendimiento y atención, es su ensayo sobre la noción de lectura. Weil habla de “no leer” para permitir que la realidad se muestre tal cual es; es decir, debemos retirarnos, renunciar a nuestros juicios y pre-juicios, a nuestras creencias e intenciones, pero nunca lo hacemos y leemos, claro que leemos, no podemos evitar leer, porque la realidad se nos muestra continuamente, pero lo que leemos no es tanto la realidad sino lo que esperamos de ella, lo que creemos saber. Nunca vemos más de lo que esperamos y creemos, por eso no debemos esperar nada, para recibir todo lo que nos es dado, debemos renunciar a nuestras ideas pre-concebidas para no arrojar nuestras propias sombras. Sólo el hacernos conscientes permite retirarnos breves momentos. En fin, un tema complejo del que quiero hacerme consciente.
La renuncia de Weil a bautizarse es, como dice Faus, debido al “anathema sit” de la Iglesia, es decir a la necesidad de acatar los dogmas (p. 7). Si hay algo irrenunciable en Weil es la libertad para cuestionarlo todo, su entrega a la búsqueda de la verdad y su probidad intelectual, se lo exigen. Es clara su posición, se siente amada por Cristo, conoce los dogmas del catolicismo que explica mejor que nadie, se siente atraída por la mística que “es la misma en todas partes” y no entra en una entidad donde se pueda condenar a alguien por su libre pensar, entonces ¿a qué viene decir, al final de la misma página, que “se queda a la puerta para buscar la penitencia de la Iglesia que le devuelva su plena fidelidad a Cristo”? Una sombra de algo que no viene al caso.
En varios momentos el autor la define como judía, sin resquicio de duda, por ejemplo, cuando manifiesta el error de relacionar el amor al prójimo y la justicia de los Evangelios con el pensamiento griego, “error que tiene que ver con el horror de SW hacia los textos violentos del Antiguo Testamento y con el rechazo instintivo de un nacionalismo racista judío, precisamente porque ella era judía” (p. 21). Personalmente que provengo de “cristianos viejos” he sentido el mismo horror también ¿quizás porque provengo de judíos ancestros? Por otra parte ¿puede definirse una persona por lo que dijo no ser? Se puede discutir del tema, pero ¿podemos catalogar así a alguien que dijo no conocer el judaísmo porque ya sus padres se apartaron de ello? Podemos decir que Weil fue filósofa, sindicalista, maestra, obrera, escritora, porque ejerció todas esas facetas… pero, ¿podemos decir que fue lo que apenas conoció?
Más aún ¿Podemos presentarla comparándola con otras judías?, por ejemplo, con Etty Hillesum (p. 23) “SW, por ser ella misma judía, se vuelve agresiva y generaliza. (…) Etty no generaliza. (…) En Simone hay una sexualidad reprimida; Etty, más bien libertina y a quien le gustaba hacer el amor, va aprendiendo el sentido de una castidad…” No sé qué dirían ellas si lo leyeran.
He leído y me gusta mucho la interiorización profunda que Etty expresa, pero a mi juicio no son comparables, al menos tomando en consideración este sentido. A un filósofo –o a una filósofa- se le compara con otros u otras por su obra, no por su sexualidad o por sus decisiones en la vida.
Algunas sombras se fundamentan en Sylvie, la “sobrina” y sus quejas. Tengo una opinión bastante parecida a la de Faus acerca de los escritos de Sylvie sobre su “tía”, pero le ha faltado aclarar, ya que la utiliza como referente de las quejas sobre Simone, que Sylvie pensaba -o mejor dicho sentía- que Simone Weil pudo ser su madre. Otra madre-que-traumó-a-su-hija ¿quizás porque no le dio el amor maternal que parece necesitar?
Porque la sombra que más quisiera despejar para que por fin nos dediquemos a hablar del pensamiento y de la expresión de Simone Weil, es la de la crítica a su madre. “Madre ciega como todas las madres” “super-cariñosa, super-cuidadora y super-posesiva”. Madres supers que nutrimos todos los traumas y provocamos las dificultades de hijos e hijas. ¡Cuántas madres han sufrido y sufren sintiendo que son las responsables de los problemas de sus hijos e hijas! Sombras sobre una de las relaciones más intensas que algunas podemos experimentar, sombras que duelen.
Sombras porque son “otros temas”. Se puede traer Simone Weil al propio pensamiento y a la propia experiencia sobre la injusticia, la Iglesia, la verdad, el cristianismo, la política…, porque de todo ello va la obra weiliana, pero iluminaríamos su decir dejando atrás el supuesto judaísmo, la supuesta sexualidad y la supuesta minusvalía emocional que le pudo causar una madre inteligente, atenta, amorosa, creativa, una madre que todos hubiéramos querido tener.
En fin, quisiera, como el padre Primitivo del cuento de Pemán que recoge en un segundo anexo, beber del agua fresca del pozo para que el otro, al que miro y veo sediento, beba también y apague su sed, aunque sólo sea la temporal, así de necesitados somos.
Maria Àngels García-Carpintero Sánchez-Miguel, L’Hospitalet, 30-06-2021
A Mine (así llamaba afectuosamente Simone a su madre), a Simone, a Etty, a Sylvie, a Angelita, mi madre, que murió de Alzheimer sin perder el vínculo con su “niña”, a Irene mi hija no-traumada y a todas nosotras tan sobre-leídas.

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