Reflexiones sobre la barbarie. Extractos de EHP

Simone Weil es para todos de Àngels García-Carpintero Sánchez-Miguel

L'Hospitalet de Llobregat ISSN 2565-0556 
En Escritos Históricos y Políticos de Ed. Trotta, p. 271-273, encontramos este artículo sobre el uso de la fuerza que se ejerce sobre los débiles. Un artículo que precede al comentario de "La Ilíada o el Poema de la Fuerza"
La barbarie forma parte de nuestra naturaleza, no somos ni mejores ni peores que los que nos precedieron o que los grupos con los que nos comparemos. La barbarie es el abuso de la fuerza que se ejerce sobre el débil. Resistirse a este abuso o mantener la dignidad cuando somos abusados es lo excepcional.
Actualmente, muchas personas, conmovidas por los horrores de toda especie que nuestra época ofrece con una profusión abrumadora para los temperamentos medianamente sensibles, creen que, por un poder técnico demasiado grande, o de una especie de decadencia moral, o por cualquier otra cosa, entramos en un período de mayor barbarie que los siglos atravesados por la humanidad en el curso de su historia. No es así. (…) La creencia contraria, tan común a finales del siglo XIX y hasta 1914, es decir, la creencia en una disminución progresiva de la barbarie en la humanidad llamada civilizada, no es menos errónea. (…) Hoy no podemos ya tener la misma confianza ingenua en el progreso que tuvieron nuestros padres y nuestros abuelos; pero buscamos todas las causas para la barbarie que llena de sangre el mundo fuera del medio en que vivimos, en grupos humanos que nos son extraños o que afirmamos que lo son.[1]
Querría proponer que consideráramos la barbarie como una característica permanente y universal de la naturaleza humana que se desarrolla más o menos según las circunstancias le son más o menos favorables. (…) Propondré este postulado: se es siempre bárbaro con los débiles. O, al menos, para no negar todo poder a la virtud, se podría afirmar que, salvo el precio de un esfuerzo de generosidad tan raro como el genio, se es siempre bárbaro con los débiles. La mayor o menor barbarie de una sociedad dependerá así de la distribución de fuerzas.[2]
Hitler no es un bárbaro, ¡ojalá lo fuese! Los bárbaros, en sus estragos, no hicieron nunca más que males limitados. Como las calamidades naturales, al destruir, los bárbaros despiertan el espíritu recordándole la inseguridad de las cosas humanas; sus crueldades, sus perfidias, mezcladas con actos de lealtad y generosidad, atemperadas por la inconstancia y el capricho, no ponen en peligro nada vital en quienes sobreviven a sus armas. Sólo un estado sumamente civilizado, pero bajamente civilizado, si podemos expresarnos así, como fue Roma, puede ocasionar en aquellos a los que amenaza y en aquellos a los que somete esta descomposición moral que no sólo acaba de antemano con toda esperanza de resistencia eficaz, sino que rompe brutal y definitivamente la continuidad de la vida espiritual, sustituyéndola por una mala imitación de mediocres vencedores.[3]




[1] EHP pp. 271,171-272 RB
[2] EHP, 272 RB
[3] EHP, 273 RB

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