Reflexiones sobre la guerra. Análisis
Mª Ángeles García-Carpintero Sánchez-Miguel
L'Hospitalet de Llobregat ISSN 2565-0556
Reflexiones sobre la guerra de Simone Weil, escrito de1933. Análisis del texto.
En Escritos Históricos y Políticos, EHP, ed. Trotta
En “Reflexiones sobre la guerra”[1] (RG), Weil expone claramente cómo la guerra, revestida de deseo de poder y
de prestigio, no es más que un tremendo mecanismo de opresión sobre la clase
trabajadora que es incitada a participar en ellas mediante un discurso
propagandístico y/o coercitivo.
La
guerra que siguió a la Revolución Francesa, de 1792, nos explica, ha estado
valorada por los marxistas como gloriosa,
“en
contradicción absoluta con la verdad histórica”, nos recuerda. En cambio, la percepción de la tradición
socialista sobre otras guerras es contradictoria y confusa. Concretando en
diferentes episodios históricos, muestra el lenguaje impreciso que utilizan los movimientos de izquierdas:
animando, en ocasiones, a unirse a la causa del proletariado, en otras a
defender su país o, incluso, a boicotearlo; valorando las guerras por los fines
perseguidos y no por sus métodos, que son, en todo caso demoledores con las
clases medias-bajas y que no hacen más que aumentar el poder al que ya lo tiene
o utilizando los términos del pacifismo en un discurso que pueda ser más
aceptado pero que no expone claramente la realidad.
Esa imprecisión del lenguaje en la que se mueve la
política, no forma parte de la “sabiduría popular”, al contrario, el pueblo es
manipulado con consignas y proclamas que excitan sentimientos, más que procuran
análisis de la realidad.
La lógica de la guerra, nos recuerda, es la lógica del
poder. El poder no puede sino acrecentar su poder o morirá. Repasa las guerras
que asolaron Francia en los últimos tiempos y nos dice: “Los soldados son enviados, en todas ellas, a una matanza”, la
única diferencia posible es haber dado muestras de una mínima lucidez (Robespierre)
o que ésta esté completamente ausente.
El siguiente paso será analizar el funcionamiento del
hecho social, dejando aparte lo que se dice sobre él; en este caso, la guerra.
Para ello nos haremos servir del método materialista de Marx, tal como ella nos
lo explica.
El método
materialista consiste ante todo en examinar cualquier hecho humano teniendo en
cuenta mucho menos los fines perseguidos que las consecuencias necesariamente
implícitas en el desarrollo de los medios puestos en movimiento. No se puede
resolver y ni siquiera plantear un problema relativo a la guerra sin haber
desmontado antes el mecanismo de la
lucha militar, es decir, sin haber analizado las relaciones sociales que
implica en unas determinadas condiciones técnicas, económicas y sociales. (…)[2]
Compara dicho mecanismo de la guerra con el de
cualquier medio de dominación, como es el de la competencia y nos muestra su
mutua dependencia.
Por una parte, la
guerra no hace más que prolongar esa otra guerra que se llama competencia, y que hace de la
producción una simple forma de la lucha por la dominación; por otra, toda la
vida económica está actualmente orientada hacia una guerra futura. (…) Marx
mostró claramente que el modo moderno de producción se define por la subordinación de los trabajadores a los
instrumentos de trabajo, instrumentos de que disponen los que no trabajan; y
cómo la competencia, que no conoce otra arma más que la explotación de los
obreros, se transforma en una lucha de cada patrón contra sus propios obreros
y, en última instancia, del conjunto de los patronos contra el conjunto de los
obreros. Igualmente, la guerra, en nuestros días, se define por la subordinación de los combatientes a los
instrumentos de combate; y los armamentos, verdaderos héroes de las guerras
modernas, están dirigidos, así como
los hombres destinados a su servicio, por
aquellos que no combaten.[3]
La guerra no es más que otro
instrumento de opresión sobre los seres humanos por parte de los estados.
La guerra
revolucionaria es la tumba de la revolución y lo seguirá siendo mientras no dé
a los propios soldados, o más bien a los ciudadanos armados, el medio de hacer
la guerra sin aparato dirigente, sin presión policial, sin jurisdicción de
excepción, sin penas para los desertores. La guerra se hizo así una vez en la
historia moderna, a saber, en la Comuna de París; y no se ignora cómo terminó.
(…) ¿puede una revolución evitar la guerra? Es, sin embargo, por esta débil
posibilidad por la que hay que apostar, o abandonar toda esperanza. (…) [4]
Desmontando falsedades nos queda lo real; lo real suele
ser inesperado, si no hemos forzado el lenguaje para llegar a nuestros
planteamientos previos. En este caso nos queda lo único que la guerra consigue:
probar el funcionamiento del Estado: descomponiéndolo si no es “bueno” y
reforzándolo (con su consecuente aumento de opresión) si lo es (desgraciadamente los hechos históricos, en nuestro país y en otros, se
encargan de corroborarlo).
Si la guerra
aparece a veces como un factor revolucionario, es solamente en el sentido de
que constituye una prueba incomparable
para el funcionamiento del aparato del Estado. En contacto con ella, un
aparato mal organizado se descompone; pero si la guerra no termina al punto y
de forma definitiva, o si la descomposición no ha ido bastante lejos, esas
revoluciones, según la fórmula de Marx, perfeccionan el aparato del Estado en
lugar de romperlo.[5]
Y es que el mal que hemos de combatir no está afuera,
como a veces nos quieren hacer ver, para manipularnos y doblegarnos, sino
dentro.
… hay que
comprender que no se puede luchar contra
un aparato estatal más que desde dentro. Y especialmente en el caso de
guerra hay que escoger entre obstaculizar el funcionamiento de la máquina militar
de la que se forma parte como un engranaje, o bien ayudar a esta máquina a
triturar ciegamente a seres humanos.[6]
Las pequeñas reformas tampoco suelen conseguir más que
acrecentar el poder. Sólo podemos combatir el poder desde dentro, pero, en vez
de decirnos cómo, nos anima a combatir sin renunciar a
la lucidez.
En tanto no veamos
cómo es posible evitar, en el acto mismo de producir o combatir, este dominio
de los aparatos sobre las masas, toda tentativa revolucionaria tendrá algo de
desesperado; pues si sabemos qué sistema de producción y de combate aspiramos
con toda nuestra alma a destruir, se
ignora qué sistema aceptable podría reemplazarlo. Por otra parte, toda
tentativa de reforma aparece como pueril respecto de las necesidades ciegas
implicadas por el juego de este monstruoso
engranaje. La sociedad actual se asemeja a una inmensa máquina que,
incesantemente, se fuera tragando a los hombres y de la que nadie conociera los
mandos; aquellos que se sacrifican por el progreso social se asemejan a quienes
se agarran a las ruedas y correas de transmisión para tratar de detener la
máquina, y sólo consiguen ser triturados por ella. Pero la impotencia en que
uno se encuentra en un momento dado, impotencia que nunca se debe considerar
definitiva, no puede dispensar de
permanecer fiel a sí mismo, ni excusar la capitulación ante el enemigo,
cualquiera sea la máscara que éste adopte. Y bajo todos los nombres con los que
se pueda adornar, fascismo, democracia o dictadura del proletariado, el enemigo
capital sigue siendo el aparato administrativo, policial y militar; no el de
enfrente, que no es nuestro enemigo más que en tanto es el de nuestros
hermanos, sino aquel que se dice nuestro defensor y hace de nosotros sus
esclavos. En cualquier circunstancia, la peor traición posible consiste en
aceptar subordinarse a ese aparato y pisotear, para servirle, todos los valores
humanos, en uno mismo y en los demás.[7]
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