Simone Weil en las periferias urbanas
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT ISSN 2565-0556
De los movimientos
obreros a la vida de las periferias. El trabajo y su falta.
“En nuestros días (años 30), la práctica corriente y casi exclusiva de
la especulación como medio de enriquecimiento abre un abismo elevado a la 2ª
potencia (por lo menos la industria pone el dinero en relación con las cosas – la
especulación es una relación del dinero con el dinero mismo).”[1]
El tema del trabajo es, como expone Chevanier[2], el hilo
conductor que manifiesta la coherencia del pensamiento de S.W. Carmen Revilla,
siguiendo este hilo, nos explica que de él parte y a él vuelve una y otra vez,
intentando entenderlo no sólo teóricamente sino desde la experiencia, lo que le
supuso un choque brutal que no esperaba[3].
“He sacado dos
lecciones de mi experiencia. La primera, la más amarga y la más imprevista es
que la opresión, a partir de un cierto grado de intensidad, genera no una
tendencia a la rebelión sino una tendencia
casi irresistible a la más completa sumisión. (…) La segunda es que la
humanidad se divide en dos categorías, los que cuentan para algo y los que no
cuentan para nada…”[4]
En los años de la tregua de Marsella Simone Weil nos ofrece su
análisis de las condiciones laborales y algunas propuestas para que éstas puedan mejorar. Y es que sii en los primeros años pretendía
entender, desde la experiencia, los mecanismos y condicionantes de la realidad del
trabajo en las fábricas, para ofrecer propuestas concretas que puedan
transformar y/o mejorar dichas condiciones; después de este choque, sigue
empeñada en ofrecernos un modelo de liberación aunando, en la mayor medida de
lo posible, el trabajo físico o manual con el pensamiento y propiciando la
atención, como hace en 1942 en “Condición primera de un trabajo no servil”.
(CP)[5] En este
artículo, firmado como Emile Novis, que ya comentamos brevemente en el análisis
de los textos, Simone nos relata y recuerda que el trabajo está gobernado por
la necesidad de no perder lo que tenemos, de “ganarse la vida”, pero la fuente
de energía humana para el esfuerzo es el deseo, deseamos más y ese deseo no
colmado por el trabajo envilecedor que únicamente nos permite sobrevivir, nos
conduce al hastío, el cansancio, el asco.
Correspondería al “laborar” del que nos hablará, más
adelante, Hannah Arendt.[6]Arendt
distinguirá entre el laborar o trabajo reproductivo: el que se hace una
y otra vez, como hemos hecho desde siempre las mujeres y como solemos seguir
haciendo, el de producir y consumir y el que ella considerará el
auténtico trabajo humano de la vida activa: el participar en la sociedad y
la política, liberados de la necesidad del trabajo productivo y
reproductivo.
Pero nuestra Simone no busca caminos de liberación para el
que quiera escapar de las condiciones penosas de la existencia. Ella atravesará
la condición más ínfima posible para, desde la experiencia en la fábrica, la
exclusión y el dolor propio y ajeno, intentar encontrar una posibilidad de
enfrentarnos a ello sin perder “la mitad de nuestra alma”.
Aunque la rebelión contra la injusticia social es necesario y
sana, ninguna revolución abolirá la desgracia esencial del hombre enfrentado a
la necesidad y al vacío. Ser consciente de ella nos puede llevar a intentar
escapar o a adentrarnos para intentar comprender los mecanismos y ofrecer
propuestas de transformación. Es lo que se propone, pero lo que experimenta es que
los efectos de la opresión continuada y de la humillación no es la indignación
de la que hacía gala en su vida de estudiante, sindicalista y profesora, sino
que lo que se desata es el sentimiento de inferioridad y el deseo de no pensar
demasiado para poder sobrevivir. ¿Cómo va esto a producir la revolución? Se
pregunta. Sólo una cosa nos hace soportable la desdicha: el sometimiento a las
leyes de la fuerza con la atención en lo bello de la naturaleza, de la amistad,
del arte, la literatura… Esa es la propuesta que deberemos considerar,
adaptándolas –o transponiéndolas- a nuestra época.
La poesía es un lujo
para las otras condiciones sociales. Pero el
pueblo tiene necesidad de poesía como de pan. No de la poesía encerrada en
palabras; ésta, por sí misma, no puede serle de utilidad alguna. Necesita que
la substancia cotidiana de su vida sea ella misma poesía.
… podríamos hacer
mucho. Transmitir a los adolescentes esas grandes imágenes, ligadas a las
nociones de ciencia elemental y de cultura general, en los círculos de
enseñanza. Proponerlas como temas para sus fiestas, para sus tentativas
teatrales.[7]
Muchos que hemos vivido de lleno la opresión de la época
industrial en España (posterior a la de Francia), tal como ella la explica, con
las luchas sindicales y políticas de izquierda para transformar situaciones o
conseguir mejoras, las luchas internas en el sí de los movimientos, las
contradictorias y ambiguas posturas de los trabajadores mismos, las diferencias
entre los trabajos y salarios de hombres y mujeres, el auge de entidades
dispuestas a trabajar con la infancia y la juventud (a veces desde el
proselitismo político y religioso)… hemos asistido, en estos últimos años, a la
“deslocalización” y a la incorporación de la tecnología y la robótica, con la
considerable pérdida de puestos de trabajo y la disminución de salarios y de
derechos laborales, estamos inmersos en un cambio de modelo social
considerable, en plena crisis. ¿Cómo traer los análisis y propuestas de Simone
Weil a nuestra realidad?
Antonio Campillo, catedrático de filosofía de la
Universidad de Murcia, nos presenta, en una reseña, la última edición de ed.
Trotta de “La Condición Obrera”[8],insertando
dicha obra en la evolución de los análisis socio-políticos sobre la situación
de la clase obrera que llegan hasta nuestros días:
Los escritos
reunidos en La condición obrera-nos dice- se inscriben, pues, en la serie de testimonios personales y
análisis socio-políticos sobre la situación de la clase trabajadora
euro-atlántica y sus transformaciones históricas durante los dos últimos
siglos, desde la primera revolución industrial hasta la actual generalización
del precariado en el capitalismo informacional, es decir, desde: “La
situación de la clase obrera en Inglaterra.” (1845), de Friedrich
Engels, hasta “Las
metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado.” (1995), de Robert
Castel, “Por
cuatro duros. Cómo (no) apañárselas en Estados Unidos. (2002), de Bárbara Ehrenreich, y Chavs: La demonización de la
clase obrera (2011), de Owen Jones. Por cierto,
merece la pena leer esta entrevista a Owen Jones, durante su reciente
visita a España.
Desde la vida en un barrio obrero de una ciudad del
denominado “cinturón industrial” de Barcelona y en el intento actual de varias
entidades que trabajan desde la base de esa vida en crisis que tenemos
actualmente en nuestros barrios, nos ha resultado muy interesante la lectura que
nos propone Campillo y que se correlaciona con los análisis de la realidad que
estamos llevando a cabo en nuestro entorno y que denominamos: “La revancha de las periferias”[9].
La deslocalización ha llevado los deshumanizadores trabajos
fabriles a otras latitudes; la industrialización fabril
parece que pasó a la historia –en nuestros entornos- pero la explotación y la precariedad laboral
no han hecho más que aumentar, en los barrios obreros, ahora llamados periféricos, mientras que el sentimiento de “clase trabajadora”, que
permitía generar movimientos para mejorar las condiciones laborarles, se ha
desdibujado.
La zona industrial que creció en los años 60 entre
Hospitalet Centro y Bellvitge, por ejemplo, se está intentando reconvertir en
“distrito cultural”. Hospitalet de Llobregat, la ciudad más densificada de Cataluña,
se abre a recoger el turismo que ya no puede absorber Barcelona, la
especulación vuelve su mirada sobre el escaso terreno agrícola que aún nos
queda, la gente, oprimida por la falta de trabajo, tiene miedo. La educación
generalizada ha conseguido, con la ayuda de los “mass media”, anular la
reflexión, el diálogo y la conversación inteligente.
Nuestra realidad es otra, pero no hemos mejorado nuestras
condiciones, al contrario, estamos asistiendo al empobrecimiento (cultural y
económico) de verdaderas masas humanas. Ella ya avisaba:
“Así es como los
obreros franceses temerán siempre ver entrar en Francia a los trabajadores de
los países superpoblados mientras los extranjeros estén rebajados aquí a una
situación de parias, privados de toda clase de derechos, impotentes para
participar en la menor acción sindical sin arriesgarse a una muerte lenta por
la miseria, expulsados sin miramiento. El
progreso social de un país tiene como consecuencia paradójica la tendencia a
cerrar las fronteras a los productos y a los hombres.”[10]
No podemos hacer oídos sordos a las guerras que se ensañan
actualmente con la población civil, a las masas de desposeídos que, movidos por
la necesidad, intentan desesperadamente mejorar sus condiciones de vida, a la
angustia de los parados que difícilmente saldrán de la precariedad o a de las
enfermas -más que enfermos- que se quedan sin trabajo y sin cobertura.
Por todo ello nos es necesaria Simone Weil, quizás
deberemos interpretar su lenguaje que puede resultarnos chocante, obsoleto,
algo ingenuo en sus propuestas… pero sus análisis honestos, agudos, y
originales y su metodología, siguen siendo válidos para hoy en día, tanto para interpretar
la realidad que vivimos, como para actuar desde los nuevos y muy diversos movimientos
que se generan: el movimiento okupa, las cooperativas de alimentación
ecológica, la incorporación más generalizada de prácticas como el deporte o la
meditación entre la población, el trabajo de las bibliotecas y de entidades
educativas, las iniciativas sociales que, empujadas por la crisis económica
provocan intercambios de haceres, saberes y bienes, la recuperación de las
tradiciones culturales, el diálogo intercultural... Todo esto ya se está dando
en nuestros entornos, Simone Weil puede ayudarnos a ser más lúcidos,
relacionando el pensamiento con el sentimiento y la acción.
Quizás uno de los cambios que se están dando y que aún no
podemos ver es el paso de los estados a las naciones y a las ciudades; las
ciudades pueden ser más humanizadoras, en ellas podemos enraizarnos mediante la
recomposición cultural de las bases y para las bases, podemos cooperar en un
ejercicio cultural libre y compartido que huya del uso de la fuerza o del
prestigio. La Europa de los Estados totalitarios del s. XX se ha desdibujado
dejando una Europa de pueblos y naciones, pero creando también una Europa que
puede ser toda ella un imperio, una Europa que cierra las puertas a los
desposeídos, pero una Europa, también, donde se alzan iniciativas colectivas
que dan voz y ayudan en primera línea a los que son sometidos al horror.
Deberemos tomar opción, como nos hacía ver en OL
ofreciéndonos el cuadro de la realidad actual después del bosquejo de la ideal
sociedad libre que nos mostraba, y es que, en realidad, lo que este ensayo
constituía para SW le dice a su amiga SP, era un “llamamiento para buscar
hermanos”,[11]algo que evidentemente no
consiguió, pero a lo que nos sentimos llamados, reconociendo que las
tentaciones de poder, de codicia y de prestigio, están siempre presentes. Lo
hemos visto, lo vemos y lo seguiremos viendo.
[1] C, 42
[2] Ápeiron,
2016
[3]Revilla, C. Habitar
el universo: El tema del trabajo en el pensamiento político de Simone Weil, en Revilla,
C. Nombrar la experiencia.
[4] CO, 170 Cartas a Victor Bernard
[5] CO p. 305
[6] Arendt,
H. La condición humana. (título que
se considera inspirado en la CO de SW)
[7] CO, 309
[8] Campillo, A. (2014) Simone Weil y la condición obrera. http://www.elmercuriodigital.net/2014/06/simone-weil-y-la-condicion-obrera.html#.WP2fcf7iK1s
[10] CO, 287
[11] SP, 373


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