Simone Weil. Vida. Resum
Simone Weil. Vida. Resumen.
L'Hospitalet de Llobregat, ISSN 2565-0556
La vida de Simone transcurre entre las dos guerras que, en
el siglo XX, asolaron Europa, se extendieron y se dieron a llamar “mundiales”.
Nace en una familia agnóstica, intelectual y burguesa de París. Se nutre de un
ambiente cultural rico potenciado por la relación con su hermano, algo mayor
que ella, André, considerado niño prodigio, llegó a ser matemático de
prestigio.
A los 14 años nos cuenta en su “Autobiografía”[1]
sufrió una profunda crisis de angustia al pensar que, dada lo que ella
considera y denomina como su “mediocridad”, jamás llegaría a alcanzar la
verdad. Las “tinieblas” de aquellos meses le llevan al mismo borde de la muerte.
Finalmente descubre que la verdad, si se desea y se pertenece a ella, acaba por
sobrevenir a cualquiera, incluso al menos dotado, haciendo de él un genio. Se
adhiere, desde entonces y para siempre, a la búsqueda de la verdad,
entregándose a ella con honestidad y rigor.
En el instituto Henri IV[2] de París se apasiona por la
filosofía con Alain.[3] Su método pedagógico de
lectura directa de los textos filosóficos, las tragedias griegas y las grandes
obras de la literatura clásica, así como su estímulo para ser fieles a sí
mismos, para ordenar el pensamiento mediante la escritura y para indagar
siempre, dejando abierto el camino de la confrontación y de la duda, marcó definitivamente
a Simone, como puede verse en su obra.
Con
Alain y algunos de sus compañeros se inicia como activista en organizaciones
pacifistas, siguiendo sus propias inclinaciones que desde niña la empujan a
ponerse de parte de los humillados y vencidos.
La adhesión a la verdad y el compromiso activo con los más
desfavorecidos marcarán el itinerario de Simone. Mientras estudia, participa
con otros amigos en un “Grupo de Educación Social”, dando clases a obreros
sobre doctrina marxista, matemáticas, literatura, economía y conocimientos
básicos.
El cruce de estas dos trayectorias: la búsqueda de la
verdad desde el conocimiento de lo real y su compromiso ético con los que
sufren la vulnerabilidad, en la atención a la belleza y el bien, va definiendo
su particular devenir, tal como nos explica la profesora de la UB y experta en
Simone Weil, Carmen Revilla,[4]en
un artículo de 2012[5],
a raíz de la publicación, en 2010, del libro de Emilia Bea: “La conciencia del dolor y la belleza”.
Simone, desde una posición anticapitalista, nos descubre las
incoherencias del marxismo, en cuanto a la implantación de un sistema que prima
los medios de producción y su consecuente opresión para conseguir,
teóricamente, una sociedad más libre, valorando, eso sí, el método dialéctico
de análisis de la realidad[6] o
nos expone, en sus primeros análisis políticos, las trampas de creer que las
revoluciones o las guerras pueden mejorar las condiciones para los trabajadores
o los oprimidos, mostrando como, al contrario, las empeoran.[7]
Mantiene su actitud crítica, con sus certeros análisis -lo que correspondería a lo que hoy se denomina "postmarxismo", aunque le cueste desprestigio.
El compromiso con los desfavorecidos le lleva a participar
de la vida sindical y de las reivindicaciones políticas de los trabajadores y
de los parados, así como a dejar, por un año, su puesto de profesora para
trabajar en las fábricas con la intención de comprender, de manera
experiencial, las condiciones de la opresión para poder ofrecer elementos que
propicien la transformación de los mecanismos opresores.
La dura experiencia a la que se sometió, en un cuerpo con
frágil salud, la lleva a donde ella no tenía previsto ir: a la extenuación y a la sumisión (no a la indignación como le ocurría antes de la experiencia): “la desdicha de los otros entró
en mi carne y en mi alma”[8], desdicha que le dejará, definitivamente, “la
marca de la esclavitud”[9].
La desdicha no la provoca sólo la mala salud, sino el desgarro producido por la
exclusión social y la humillación. Y es que, a las opresoras condiciones
laborales, las propias y las de sus compañeros de trabajo, se va sumando la
incomprensión que encuentra por su coraje y su probidad intelectual, indagando
siempre, recogiendo minuciosamente los datos, exponiendo rotundamente los
hechos, cuestionando hasta sus propios pensamientos, desmontando todo lo que no
proviene más que de la imaginación y los sueños.
Hace una breve incursión en la Guerra Civil Española como
periodista escribiendo un diario del que apenas nos quedan fragmentos, en los
que podemos ver, como en el de la fábrica, su pormenorizado análisis de lo
real, tanto que, en muchas ocasiones provoca desagrado, ya que expone
crudamente todo lo que observa. En relación con la guerra se sigue moviendo entre
dos ejes: el de su adhesión al pacifismo y el de su necesaria vinculación con
lo que acontece y oprime más aún a los ya oprimidos, poniéndose,
invariablemente, de su parte, aunque rompa con sus propias convicciones. “Si algo no he soportado nunca es la situación de los que se encuentran en
retaguardia”[10]le
dirá a G. Bernanos en una carta que le escribió en 1938, tras la publicación,
por parte del escritor, de “Los grandes cementerios bajo la luna”. Este horror
a no quedarse en retaguardia condicionará su trayectoria vital.
Vemos, así, que la más continuada verdad a la que se somete
es la de tomar la parte de la vulnerabilidad y fragilidad humana. Esto es lo
que le lleva, en el posterior tiempo a su trabajo en la fábrica, a la corta
experiencia de la guerra (de la que regresará decepcionada por los
comportamientos de violencia injustificada que observó). De vuelta en Francia y
dada la imposibilidad de seguir ejerciendo como profesora, primero por el
empeoramiento de su salud y posteriormente por las leyes antisemitas, vuelve su
mirada a la filosofía y a la literatura: la griega, la clásica, la popular…
ampliándola con nuevos temas, como las religiones orientales o el cristianismo,
sin dejar de participar de alguna manera en las dramáticas condiciones de sus
coetáneos.
Enfrenta en la belleza de los textos clásicos, de la
naturaleza o de la amistad, la situación del dolor y de la desdicha, que, dado su
deseo de verdad, no deja de reconocer. En ese breve destello de la verdad del
dolor enfrentada a la belleza, gracias a la orientación de la mirada mantenida
en la firmeza del bien, es donde se produce la gracia, como la luz que penetra,
justamente, atravesando la herida, el desgarro que el dolor nos ha producido y
que hemos afrontado deseando el bien. La clave es el bien.
Si el compromiso con los oprimidos marca la trayectoria
vital de Simone, podemos decir que es, desde ese compromiso, en la atención a
la verdad, la belleza y el bien, como sobreviene la gracia. El dolor no es más
que el punto de lo real donde la verdad se asienta sin ambigüedades, pero no es
algo querido, es algo padecido, esta consideración es muy importante pues la
remarcará siempre. La gracia, si bien puede colmar un momento, termina dejando
en la más absoluta soledad. Así muere en el abandono de la buena semilla, que
una vez se pudre, fecunda la tierra dando fruto y fruto en abundancia.
Mª Àngels García-Carpintero, julio, 2017
[1] ED,
38-39
[2] Donde
realizó el curso preparatorio para entrar en la Escuela Normal Superior.
[3]Seudónimo
del filósofo, educador y escritor Emile-Auguste Chartier
[4] Carmen
Revilla, profesora de la UB y experta en Simone Weil.
[6] OL 1. Crítica al marxismo.
[7] RP y RG,
en EHP
[8] ED, 40
[9] ED, 40
[10] EHP,
523




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