¿porqué se me hace daño? La persona y lo sagrado

¿Por qué se me hace daño? L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2565-0556
Simone Weil en “La Persona y lo Sagrado”[1] nos dice que en cada ser humano hay algo sagrado, pero no es su “persona”[2], Es él. Él por entero. Los brazos, los ojos, los pensamientos, todo. No atentaré contra ninguna de esas cosas sin escrúpulos infinitos.
“Desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Ante todo, es eso lo que es sagrado en cualquier ser humano.
El bien es la única fuente de lo sagrado. Únicamente es sagrado el bien y lo que está relacionado con el bien.
Cada vez que surge, desde el fondo del corazón humano, el lamento infantil que Cristo mismo no pudo contener: ¿Por qué se me hace daño?, hay ciertamente injusticia.”[3]
“La justicia consiste en vigilar para que no se haga daño a los hombres. Se le está haciendo daño a un ser humano cuando grita interiormente: “¿Por qué se me hace daño?”. Se equivoca a menudo en cuanto intenta darse cuenta de qué mal sufre, quién se lo causa, por qué se lo causa. Pero el grito es infalible. El otro grito que se oye a menudo: “¿Por qué el otro tiene más que yo?”, se refiere al derecho. Hay que aprender a distinguir los dos gritos y hacer que se acalle el segundo tanto cuanto se pueda, con la menor brutalidad posible, echando mano de un código, de tribunales ordinarios y de la policía. Para formar espíritus capaces de resolver los problemas pertenecientes a ese ámbito, basta la Escuela de Derecho. Pero el grito “¿Por qué se me hace daño?” plantea problemas muy diferentes, para los que es indispensable el espíritu de la verdad, de la justicia y del amor. La parte del alma que pregunta “¿Por qué se me hace daño?” es la parte profunda que en todo ser humano, incluso el más envilecido, ha permanecido desde la primera infancia perfectamente intacta y perfectamente inocente.
Preservar la justicia, proteger a los hombres de todo mal, es ante todo impedir que se les haga daño. Para aquellos a quienes se ha hecho daño, es borrar las consecuencias materiales, poner a las víctimas en una situación en que la herida, si no se ha hecho muy profunda, sea curada naturalmente gracias al bienestar, para aquellos a quienes la herida ha desgarrado toda el alma, es además y ante todo calmar la sed dándoles de beber el bien perfectamente puro.”[4]
El ser humano es, en realidad, algo desamparado, que tiene frío, que corre buscando refugio y calor. La colectividad es ajena a lo sagrado y sólo consigue desorientar, no es en ellas donde el ser necesitado encontrará resguardo, pues lo que el ser necesita es un “silencio cálido”.
Las aspiraciones de los desgraciados son dos: que se reconozca la verdad de su desgracia y llenarse con palabras de bien, palabras eternas como justicia o amor. Es peligroso utilizar esas palabras, los profesionales de la palabra son bastante incapaces de dar expresión al sentimiento de injusticia que habita en las víctimas y a su necesidad de gritar y alzarse, por eso alentaremos a los que pueden hacerlo: los humildes, la gente que vive en el reino de los bienes impersonales y anónimos.

Mª Ángeles García-Carpintero, 17/09/02
 "El grito" de Munch








[1] Weil, S. Escritos de Londres y últimas cartas. Trotta, 2000
[2] El sentido que le da a la palabra persona es “ego”.
[3] EL, 17-18, PS
[4] EL, 36, PS

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