El prestigio y sus enfrentamientos
Simone Weil es para todxs. L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN2565-0556
Mª Àngels García-Carpintero
Sánchez-Miguel
El prestigio y sus enfrentamientos
En 1937, en No empecemos de nuevo la guerra de Troya[1],
Simone Weil exponía la irrealidad de los conflictos del momento, que suplantrían
a Helena por palabras adornadas de mayúsculas, palabras vacías de significado que nada quieren decir; palabras que
se utilizan como parejas antagónicas para propiciar, así, el combate del poder[2]; palabras que se
convierten en mitos y monstruos, en ídolos que nos revisten de prestigio;
palabras que se podrían definir, con lo que perderían su fuerza. Todas las
palabras del vocabulario político y social serían ejemplo: nación, democracia,
capitalismo, comunismo, fascismo, seguridad, propiedad…
La única manera de que no se conviertan en absolutos
ilusorios es utilizar sistemas de medida y comparación: analogías,
proporciones, relaciones… estableciendo límites y grados, es decir, definiendo.
Al definirlas, nos encontraríamos con muchas similitudes y coincidencias en
relación a lo que unos y otros decimos que queremos; nos llevaría a negociar,
dejando entonces de estar enfrentados, algo a lo que no siempre estamos
dispuestos porque lo que en realidad queremos es afianzar o conquistar el
poder; pero algo que es, en realidad, lo único que en este mundo de
necesidades, contradicciones y límites podemos hacer para mantenernos cerca del
equilibrio.
Transcribo algunos párrafos de este texto ya que, aunque lo
mejor es leerla directamente y al completo, creo que nos dice grandes verdades
útiles y necesarias para ir aclarando el conflicto actual, sin que tengamos que
derramar demasiadas lágrimas.
“Para quien sabe ver, no hay síntoma más
angustioso que el carácter irreal de la
mayoría de los conflictos (…) p. 352 Aclarar las ideas, desacreditar las
palabras congénitamente vacías, definir el uso de otras mediante análisis precisos,
ése es, por extraño que pueda parecer, un trabajo que podría preservar
existencias humanas. (…) Nación, seguridad, capitalismo, comunismo, fascismo, orden, autoridad,
propiedad, democracia, se podrían coger todas, una tras otra. Nunca las utilizamos
en fórmulas tales como hay democracia en
la medida que… (…) Cada una de esas palabras parece representar una
realidad absoluta, independientemente de cualquier condición, o una meta
absoluta, independientemente de todos los modos de acción o un mal absoluto (…)
Vivimos en medio de
realidades cambiantes, diversas, determinadas por el juego móvil de las
necesidades exteriores, que se transforman en función de ciertas condiciones y
ciertos límites; pero actuamos, luchamos, nos sacrificamos a nosotros mismos y
a los otros en virtud de abstracciones cristalizadas, aisladas, imposibles de
poner en relación entre sí o con cosas concretas. Nuestra época supuestamente
técnica no sabe nada más que combatir contra molinos de viento.” (353-354)
Los intereses reales. La lucha de clases.
A continuación explica cómo los intereses capitalistas
suponen una red de intereses complejos poco o nada relacionados con las
rivalidades nacionales, en todo caso lo que se produce es una confusa mezcla de
intereses que procuran su dominio político en función de sus concretos
intereses.
Nos dice que en su estancia en Berlín como reportera, en
1932, observó cómo las conversaciones que se generaban entre pequeños grupos de
comunistas o de nazis en las calles versaban sobre las mismas cuestiones,
defendiendo incluso un mismo programa. Eran enemigos con las mismas ideas e
intenciones. (El pueblo siempre quiere las mejoras de bienestar para el pueblo.
No pensemos que los nazis eran seres fanáticos y malísimos. Sólo eran gente.)
Presenta la oposición entre democracia y dictadura como
real. Pero no considerándolas entidades contrapuestas para enfrentarnos, puesto
que en todos los sistemas hay una mezcla de democracia y dictadura que habremos
de dilucidar tomando medidas y comparaciones, estableciendo condiciones.
Finalmente habla de la que ella considera legítima: la lucha de clases, siempre que no
sea una mera palabra, claro está.
“Lo que es legítimo,
vital, esencial, es la lucha eterna de
los que obedecen contra los que mandan cuando el mecanismo del poder social
supone el aplastamiento de la dignidad humana de los de abajo. Esa lucha es
eterna porque los que mandan tienden siempre, lo sepan o no, a pisotear la
dignidad humana por debajo de ellos. (…) Mientras haya una jerarquía social estable,
cualquiera que sea su forma, los de abajo deberán luchar para no perder todos
los derechos de un ser humano. Por otra parte, la resistencia de los de arriba,
si parece de ordinario contraria a la justica, reposa también sobre motivos
concretos. En primer lugar, motivos personales; salvo en el caso de una
generosidad bastante rara, a los privilegiados les repugna perder una parte de
sus privilegios materiales o morales. Pero también motivos más elevados. Los
que están investidos de funciones de mando se sienten con la misión de defender
el orden indispensable a toda vida social y no conciben otro orden posible que
el que existe. No se equivocan del todo, pues hasta que otro orden se haya
establecido de hecho, no se puede afirmar con certeza que sea posible; por eso
justamente no puede haber progreso social más que si la presión de abajo es
suficiente para cambiar efectivamente las relaciones de fuerza y obligar así a
establecer realmente unas relaciones sociales nuevas.” (358-359)
… “Los burgueses
asimilan fácilmente como autores del desorden a todos aquellos que piensan en
el fin del capitalismo y a veces incluso a aquellos que simplemente desean
reformarlo (…) Muchos de ellos (burgueses) no
sabiendo qué modificación puede ser o no peligrosa, prefieren conservarlo todo,
sin darse cuenta de que la conservación
entre las situaciones cambiantes constituye en sí misma una modificación cuyas
consecuencias pueden ser los desórdenes. (…) La lucha entre
adversarios y defensores del capitalismo,
esa lucha entre innovadores que no saben qué innovar y conservadores que no
saben qué conservar, es una lucha de ciegos contra ciegos, una lucha en el
vacío, y que por esa misma razón corre el riesgo de convertirse en exterminio.”
(361)
“la revuelta, sea
ruidosa, sea silenciosa, agresiva o reprimida por la desesperación, es
inseparable de toda existencia física o moralmente agobiante…” (362)
“… los diferentes
Estados, con sus oficinas, sus prisiones, sus arsenales, sus cuarteles, sus
aduanas, son muy reales.” (…) (362)
Sólo los grupos humanos que no han segregado entidades
vacías, abstracciones con las que enfrentarse a otros grupos humanos, tienen
posibilidades de no ser peligrosos.
Pero “El prestigio,
es decir, la ilusión, está en el centro mismo del poder (…), un poder, para ser estable, debe parecer
algo absoluto, intangible, a aquellos que lo ejercen, a los que lo sufren, a
los poderes exteriores. Las condiciones del orden son esencialmente
contradictorias y los hombres parecen tener que optar entre la anarquía que
acompaña a los poderes débiles y las guerras de todo tipo suscitadas por la
preocupación del prestigio.” (363)
“La contradicción
esencial de la sociedad humana es que toda situación social se basa en un
equilibrio de fuerzas, equilibrio de presiones análogo al equilibrio de los
fluidos, pero los prestigios no se equilibran, el prestigio no implica límites,
toda satisfacción de prestigio es un
ataque al prestigio o la dignidad de otro.” (364) “Es la nube de entidades
vacías lo que impide no sólo percibir los datos del problema, sino incluso
sentir que hay un problema que resolver y no una fatalidad que sufrir (…) y lo
que es infinitamente más grave, hacen olvidar el valor de la vida.”
“Se trata de discernir
lo imaginario y lo real para disminuir los riesgos de guerra sin renunciar a la
lucha, de la que decía Heráclito que era la condición de la vida.” (365)
Deseamos que nuestros políticos y todo aquel que pueda
contribuir a ello trabajen sobre lo real y rebajen las abstracciones del prestigio
nacional.
Por este motivo, este resumen.
Mª A Gª-C, l’H, 4-10-2017

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