La desgracia y el silencio que la rodea, según Simone Weil.

La desgracia y el silencio que la rodea, según Simone Weil.
Simone Weil es para todxs. L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN2565-0556
Mª Àngels García-Carpintero Sánchez-Miguel

Simone Weil nos explicará, en estos textos que ofrecemos a continuación, en qué consiste la desgracia: al dolor que las circunstancias nos producen y que se ve agravado cuando se convierte en continuo y al sufrimiento que nuestros sentimientos provocan, ante la experiencia del dolor, se añade la humillación y el aislamiento.
Es decir que, aunque, con una mente retorcida, alguien se podría causar daño a sí mismo intencionadamente y aunque nuestros miedos y traumas puedan agravar nuestro propio sufrimiento, nadie puede provocarse a sí mismo la desgracia. Siempre hay un elemento externo en juego, elemento que se puede explicar con hechos, no con simples apreciaciones de nuestros juicios.
En qué consiste la experiencia de la desgracia y qué conlleva es algo nos explica con tremenda lucidez Simone Weil a partir de su experiencia en la fábrica, dada su mala salud y el relegamiento que experimenta, por sus análisis críticos, en los círculos marxistas donde se mueve.
Aunque estos textos están enmarcados en la condición obrera de la Francia del 35, pueden extenderse a otras situaciones. De hecho, éste será un tema recurrente en sus, especialmente cuando se sumerge en la experiencia terrible de la guerra y de su propia impotencia para colaborar con la resistencia de la manera arriesgada y frontal que ella quisiera.
Destacamos en estos párrafos las dificultades comunicativas que impone la desgracia. En un texto posterior (“La Persona y lo Sagrado” en “Escritos de Londres y últimas cartas”) nos dirá que hay alianza natural entre la verdad y la desgracia, porque una y otra son suplicantes mudos, eternamente condenados a permanecer sin voz ante nosotros. Hay que encontrar los “genios” capaces de reconocer la verdad y decirla, genios como el niño del cuento capaz de reconocer que “El Emperador está desnudo”. Sólo alguien que ha experimentado y reconocido la desgracia en sí mismo junto con los seres simples, los que no tienen nada que perder, los que sólo aspiran a vivir en verdad y justicia, pueden ser compañeros de los desgraciados, pueden escuchar su voz, devolver la voz.
“Es difícil ser creído cuando no se describen más que impresiones. Sin embargo, no puede describirse de otro modo la desgracia de una condición humana. La desgracia no está hecha más que de impresiones. Por sí solas las circunstancias materiales de la vida, por más que tengamos que vivir en ellas, no dan cuenta de la desgracia, pues circunstancias equivalentes, unidas a otros sentimientos, harían feliz. Son los sentimientos unidos a las circunstancias de una vida los que hacen feliz o desgraciado, pero los sentimientos no son arbitrarios, no se imponen o se borran por sugestión, no pueden cambiarse más que por una transformación radical de las propias circunstancias. Para cambiarlos hay que conocerlos. Nada es más difícil que conocer la desgracia; siempre es un misterio. Es muda, como decía un proverbio griego. Hay que estar especialmente preparado en el análisis interior para captar los verdaderos matices y sus causas, y ese generalmente no es el caso de los desgraciados.
Incluso si se está preparado, la desgracia misma impide la actividad del pensamiento, y la humillación siempre tiene por efecto crear zonas prohibidas en las que no se aventura el pensamiento y que están cubiertas ya de silencio, ya de mentira. Cuando los desgraciados se quejan, se quejan casi siempre equivocadamente, sin abordar su verdadera desgracia; y, por otra parte, en el caso de la desgracia profunda y permanente, un fuerte pudor pone freno a las quejas. Así cada condición humana desgraciada crea una zona de silencio en la que los seres humanos se encuentran encerrados como en una isla. Quien sale de la isla no vuelve la cabeza. (…)
Si alguien venido de fuera, penetra en una de estas islas y se somete voluntariamente a la desgracia, por un tiempo limitado, pero lo bastante largo como para empaparse de ella, y relata luego lo que ha experimentado, podrá discutirse fácilmente el valor del testimonio. Se dirá que ha experimentado algo distinto de los que están ahí de manera permanente. Se tendrá razón si solo se ha dedicado a la introspección o si solo ha observado. Pero si, después de haber llegado a olvidar que viene de fuera, que volverá fuera, y se encuentra allí solamente como de viaje, compara continuamente lo que ha experimentado por sí mismo con lo que lee en los rostros, en las caras, en los ojos, los gestos, las actitudes, las palabras, en los sucesos pequeños y grandes, se crea en él un sentimiento de certidumbre, desgraciadamente difícil de comunicar.
Los rostros contraídos por la angustia de la jornada que se ha de atravesar y la mirada dolorida en el metro por la mañana; el cansancio profundo, esencial, el cansancio del alma aún más que el del cuerpo, que ,arca las actitudes, las miradas y el pliegue de los labios, por la tarde, a la salida, las miradas y las actitudes de animales enjaulados (…), la brutalidad difusa (…), las jactancias detestables intercambiadas entre los rebaños concentrados ante las puertas de la oficina de contratación, y que, por contraste, evocan tantas humillaciones reales; las palabras increíblemente dolorosas que a veces se escapan, como por descuido, de los labios de hombres y mujeres semejantes a todos los demás; el odio y el hastío de la fábrica (…)[1]
L'Hospitalet de Llobregat, 02/11/17




[1] Weil, S. La Condición Obrera. Ed. Trotta, pp 250-252. “Experiencia de vida en la fábrica.”

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