La educación en valores. ¿Qué falta?


Simone Weil es para todxs. L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN2565-0556
Mª Àngels García-Carpintero Sánchez-Miguel
 La educación en valores. ¿Qué falta?
“Diferenciar nociones de procedimientos.
Las primeras se definen por el interior y los segundos por su eficacia.”[1]
Nos dice Arendt, que las buenas personas lo son por ser capaces de oír a su conciencia, porque están habituadas a pensar por sí mismas. Parecería que la consecuencia lógica es inculcar buenos sentimientos o los denominados “valores”, pero no vemos que, lo que se denomina “Educación en Valores”, dé muy buenos resultados en cuanto a una mayor conciencia ética, es más, entendemos que todo ello no es más que un imaginario conceptual que parte, como vimos en los fines, más de nuestros propios planteamientos, suposiciones y creencias que de los procesos reales que se dan en el ser humano en formación y constatamos que, lo que ese supuesto programático contiene, la mayoría de las veces les aburre. ¿Porqué?
Max Scheler (Alemania, 1874-1928) fue un filósofo alemán que se dedicó al estudio de los valores. Opone, al principio de Kant del entendimiento y la razón como base del conocimiento, el principio del valor que incluye las intenciones y lo emotivo, el amor sería la actitud fundamental, el impulso. La gran tarea de la filosofía sería armonizar los diversos conocimientos: el del dominio de las cosas y del mundo aunaría la razón con lo ético-afectivo y el espiritual.  Scheler sistematizó los valores distinguiendo entre valores de agrado, vitales y espirituales, estableciendo una jerarquía de valores. Esta armazón objetivada de los valores ha sido muy cuestionada, aunque sus reflexiones sobre el ser humano y sus razones y móviles siguen siendo válidos.
Los valores, nos explica un filósofo pragmático y experto de la educación como Dewey[2], pueden tener una doble acepción: “valor” puede ser un sustantivo que designe algo que se considera “valioso”, pero también puede indicar la acción de valorar. Esta acepción es más emocional, implica un interés personal (algo puede no ser muy valioso, pero síestar muy valorado). El juicio es, por tanto, algo propio, que se va formando en las conciencias por las experiencias biológicas, psicoafectivas y sociales.
Los valores, nos dice Scheler, se polarizan en “bueno-malo”, etc., se van formando en nuestros pensamientos a partir de nuestros sentimientos y de nuestra actividad, consiguiendo aunar los tres planos (pensamiento-sentimiento-acción). La dificultad de los valores es que, siendo propios, no somos conscientes de que no son los mismos para los demás y pueden suponer, a lo largo de los años, un armazón que nos impide salir de nosotros mismos; la dificultad consistirá, pues, en descentrarnos de ellos.
Los padres y educadores intentan “inculcar” unos valores que les pertenecen o que ellos interpretan que pertenecen a la comunidad. Las primeras experiencias de discordancia y contradicción suponen el apego y la separación, la aprobación o reprobación de los adultos, el impulso y sus consecuencias, el daño de los otros, la necesidad de inhibición… lo que provocará sentimientos que se irán insertando en la conciencia creando zonas de confort y de identificación o generando algo que me incomoda y de lo que me deseo librar.
La verdad, por ejemplo, no es algo que podamos poseer ni definir y, sin embargo, desde la infancia se nos inculca: - “no se dicen mentiras”; algo a seguir haciendo, con el acompañamiento del ejemplo y con los curiosos diálogos que, con los niños y niñas se pueden dar. Su razonamiento, desde el animismo mágico de los cinco años o desde el pensamiento concreto posterior, no será como el nuestro, pero sí podremos -siguiendo el ejemplo propuesto- entrar con ellos en los puntos de encuentro y en las contradicciones manifiestas entre verdad y no-verdad, abrirnos a los distintos puntos de vista, una vez que vayan superando el egocentrismo inicial, así como razonar las diferencias entre callar una verdad y decir una mentira, reconocer los efectos de una medio verdad que es también una medio mentira, diferenciar las conductas de las intenciones, reconocer los sentimientos que se generan, las consecuencias de actos y de no-actos, la necesidad de asumir responsabilidades… No se trata de dar unas normas impositivas por nuestra parte, se trata de abrir el razonamiento, de contemplar las contradicciones, de dejar abierto el ejercicio del pensar. Con esos diálogos – para los que nuestra escucha es fundamental- se abren al pensar e irán formándose unos “valores” que les irán guiando, no en forma de concepto, sino de conciencia moral. 
Los “valores” que se inculcan desde pequeños y de manera generalizada y aceptada son en realidad, principios. Los principios pueden basarse en unos dogmas o creencias que llevamos con nosotros como un lastre y que se intentan imponer, provocando el rechazo, la huída o una obediencia sumisa que no deseamos, por eso huimos de ellos, pero no es así necesariamente.
Si los valores se integran en nuestra conciencia, en nuestra capacidad de pensar sobre nosotros mismos ante el mundo, los principios pueden venir dados, son normas que facilitan el desarrollo, la convivencia o la autonomía desde la acción y para la acción. Recordemos que los hechos son más estabilizadores que los juicios. Necesitamos unos principios morales desde donde actuar y pensar, explícita o implícitamente siempre serán los que nos explican los familiares, los que descubrimos en la actuación propia o ajena y en relatos en los que nos identificamos con la actuación de algún personaje.
Esos principios comprendidos a partir de la experiencia, más que por las palabras, permitirán formarnos unos valores que siempre serán propios y como tal dignos de respeto, no pueden ser impuestos, pero deberemos ayudar a que se formen. Todos los principios que podemos ofrecer para que se forjen sus propios valores devienen del único fundamento de todas las religiones y es un principio negativo: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”, o eso o ten cuidado con lo que te puede dañar. No hay más.
Los relatos míticos -en los que uno se identifica con el héroe-, los cuentos en los que, junto al protagonista, vamos superando pruebas, la propia expresión de sentimientos y pensamientos, los diálogos, conversaciones, preguntas y textos que me permiten repensar… todo ello ayudará, pero el carácter lo forjará el hábito, la acción en la que me pondré a prueba y me mediré, la acción de contradecir y reafirmarme, la de obedecer sin estar de acuerdo o la de no obedecer la norma y sus reflexiones consecuentes, el diálogo con uno mismo, con el otro, en grupo, por escrito...
El error de Scheler al establecer la “jerarquía de valores” como bienes objetivables, se debe a que éstos responden a un juicio personal, aunque encontremos coincidencias y busquemos esos principios universales que posibilitan la construcción ética; pero también a que son, por naturaleza, inestables y contradictorios en nosotros mismos, ya que, deseando hacer el bien, hacemos el mal o nunca haremos las cosas a gusto de todos. El valor depositado sobre una cosa o hecho responde a los diversos puntos de vista, incluso el propio será modificable. Más que opuestos, como pretendemos calificar, suelen llevar una escala de matices en los que intervienen variables difíciles de definir.
El auténtico “valor” de los valores es que posibilitan la relación del pensamiento con el sentimiento y la acción, así como el contraste entre los diversos puntos de vista. El valor es lo que mueve al espíritu, es un impulso, una idea, un deseo, de ello partimos concretando los fines planteados,[3] de los que habla Dewey, en fines posibles que habremos de revisar.
Los móviles elevados o fines planteados: la belleza de la naturaleza, del arte, de la de las buenas historias, de las comparaciones y de las contradicciones que encontramos, de la amistad… son la buena gasolina que permite que el vehículo arranque y mantenga una energía. La dificultad consistirá en concretar todo ello en los fines posibles, pero necesitamos partir de algo bello y bueno que nos oriente cuando nos perdamos en el bosque y nos impulse: un fin último como la “buena voluntad” propuesta por Kant, capaz de que, cuando ya no quede nada, orientemos la mirada a esa luz que sigue brillando para todos.
No es difícil hacer cualquier cosa persiguiendo valores elevados, animados por la clara visión de un deber al que nos sentimos llamados; lo duro llega en el momento de sufrir, nos dice Simone Weil, cuando esa clara visión desaparece y no queda más que la conciencia de un sufrimiento imposible de soportar.
El daño, el de no conseguir lo que queremos, el de seguir insatisfechos porque deseamos más, el de la discordancia con los que quieren los demás, nos provoca desconcierto como se lo provoca al niño pequeño la reprobación de conductas con las que puede herirse a sí mismo o a otros.
La respuesta natural a esa confusión que genera el estar entre el deseo de bien y la certeza del mal, será la de mentirnos deformando la realidad, evadirnos, rebelarnos inútilmente o caer en la resignación y el servilismo. La realidad deshace el ideal, nos sentimos vacíos, para huir de esa angustia cambiamos de valores, sin pensar, nos volvemos escépticos o convertimos los ideales en ideologías en las que refugiarnos.
Ese es el problema de los valores con los que nos revestimos y nos reconocemos. El mal es algo externo y ajeno a mí, algo con lo que no me identifico. No digo “estoy encolerizado, sino eso es exasperante”[4]. Encarar la realidad desnuda y aceptar el vacío que queda tras perder lo imaginario que nos sostiene, aceptar el bien y el mal que anidan en mí, permite el desapego con el que puedo orientar la mirada hacia la Belleza del Universo, en lo real. 
El mundo, la materia de la que formamos parte, está sujeto a una serie de encadenamientos de causas y consecuencias. No conocemos las causas de todo lo que sucede, contra más conocemos, más podemos incidir en los resultados que esperamos para nuestra acción orientada, pero nunca lo conoceremos todo. Saberlo nos libera de la culpa y de la tentación de ejercer el bien, nos obliga a retirarnos, a dar un paso atrás, a refrenar nuestra loca imaginación, siguiendo con la orientación de la mirada en los fines, la luz que permite que el otro sea, que lo contemplemos y lo gocemos.
Necesito comer y como, cubrirme y me cubro, moverme y me muevo. Al final sólo queda la necesidad, los deseos orientados por los valores en lo real de los hechos; desprotegido de mi prestigio, reconozco la desnudez del otro, su necesidad de comer, de protegerse, de arraigarse, como yo; nuestro deseo de conocer, de comprender y de ser, el que los niños muestran tal cual, el que irán revistiendo de valores, valores que contemplaremos, con ellos, en lo concreto.
Arraigado en esa realidad desnuda, veo la realidad, la contemplo con los mismos ojos que ansiaban y buscaban la Belleza, la oigo en las voces dolidas que me llegan y recojo, la siento con el mismo corazón que latía ante la bondad del sufriente, arraigándome en la realidad de mis antepasados, junto a los que tengo al lado no hago nada más que favorecer el arraigo.
Aquellos polos opuestos se aúnan reflejando la belleza en lo cotidiano, en lo débil, recibo y agradezco la ternura de su amor, sonrío ante el Zeus suplicante que se separó con la máxima distancia de su hijo, que permitió que clamara, ese dios ausente de su creación que permite que el bien y el mal sean en el mundo, que equilibra su balanza cuando un desterrado en este mundo ama, cuando todos los valores caen y sólo queda un principio, el que nos dieron los padres en la infancia: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”, o eso o ten cuidado con lo que te puede dañar.


[1] Weil, Simone Cuadernos, 52
[3] Fines planteados o finales: lo que pretendemos alcanzar que concretaremos en fines posibles u objetivos.La Teoría de la valoración de Dewey, más pragmática, resulta útil en educación.
[4] Weil, S. Cuadernos, 390

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