Género e Identidad en Simone Weil
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT ISSN 2565-0556
Género e identidad en Simone Weil.
“No dejes encarcelarte
por ningún afecto. Preserva tu soledad” (C, 30).
Nuestras
aspiraciones orientan las condiciones y circunstancias que, finalmente, se
acabarán imponiendo sobre nuestro “ser en el mundo”. Simone Weil se aparta
desde su tierna infancia de la mujer relegada y sumisa, como lo hace respecto
de la burguesía y sus reivindicaciones. Si
tuvo alguna relación esporádica con algún movimiento de mujeres fue más bien
por sus propias orientaciones políticas, como la del pacifismo, en la época en
la que aún podía tomar esa opción. No reivindicó derechos
propiamente feministas de la misma manera que no lo hizo para sí misma.
“… Ya me había
preparado para lo peor[1] y estaba decidida,
incluso en el caso de recibir un trato aún más escandaloso que el que he
recibido, a abstenerme de toda violencia de gesto o de palabra. Mientras sea yo el objeto de esas
vejaciones creo que no perderé mi sangre fría” (Simone Pétrement, 189).
Procuró
mejoras y transformaciones para la clase obrera, para los comunistas alemanes,
sin amparo por sus propios correligionarios, para los trabajadores de las
colonias…, colectivos desfavorecidos y
humillados con los que se puso “de parte de”, reivindicó para el otro doliente.
Tomó parte en la clase obrera, como lo hizo, puntualmente, en “nuestra guerra”,
mientras creyó que lo hacía a favor del campesinado español. Si algo reivindicó
para sí misma fue, únicamente, su “probidad intelectual”. Como intelectual,
unánimemente reconocida, deberemos respetar sus opciones y callar sobre lo que
no podemos conocer: su intimidad.
Declaró
que no era feminista y no concretó su opción por la liberación de la mujer,
sino que lo hizo por la liberación del movimiento obrero en general, constatando
en múltiples ocasiones, desde su experiencia en la fábrica, que la situación
laboral de las mujeres, era mucho peor, debido al trabajo no especializado al
que las relegaban, un trabajo en el que se les exigía velocidad, quedaban
expuestas a cambios de órdenes sin conocimiento previo, no se reconocía las
situaciones de enfermedad o lesiones y estaba peor pagado que el de los
hombres, pero parece que explicarlo a manera de observadora. Reconoce la gran
diferencia entre unos y otras, la constata y hasta la experimenta, pero son los
demás los que la llevan a reconocer su condición de mujer, lo quisiera o no.
“Como obrera, yo
estaba en una situación doblemente inferior, expuesta a sentir mi dignidad
herida no solo por los jefes sino también por los obreros, por el hecho de que
soy una mujer” (CO, 179).
Simone
hace su experiencia en 1934-35, antes de las mejoras que se introdujeron con el
Frente Popular, pero las condiciones laborales siguen siendo peores para las
mujeres. Y mucho peor para las enfermas:
“La italiana está enferma. En mi segunda
semana pidió no hacer nada y Mouquet se lo denegó. (…) tiene dos niños; su
marido es ladrillero (peón) y gana 2,75 francos a la hora. No puede, pues,
cuidarse. Tiene el hígado enfermo, y dolores de cabeza que los ruidos de la fábrica
vuelven insoportables (¡yo ya sé de eso!)” (CO, 91).
La
humillación es, también, mucho peor:
“Cuando una obrera se juzga víctima de
una injusticia, va a quejarse. Pero es humillante, ya que no tiene ningún
derecho y se encuentra a merced de la buena voluntad de los jefes, que deciden
según el valor de la obrera y en gran medida según su fantasía”
(CO, 67).
Una
humillación –la de género- que padece y que ya la había marcado desde muy
joven. SP nos hace llegar un texto
que SW escribió para sí misma a modo de análisis personal, un texto íntimo en
el que, si bien no desvela hechos concretos, deja entrever su profunda
exigencia moral y su aspiración al amor en estado puro, esto es sin afán de dominación.
“Cuántos seres, seres
particulares, existen, sin dominar ni ser dominados. Cuando hay coincidencia
moral, eso es la amistad. Cuando hay coincidencia física, eso es el amor. Pero
sólo en la medida en que pueda haber amor sin deseo. Esto es lo que me provoca,
desde lo del Luxembourg, una repugnancia y una humillación afortunadamente
invencibles: ser objeto de deseo. Esperar… No aceptar nada que sea impuro…” (SP, 348).[2]
La aspiración a un amor sin afán de dominación conlleva
el preferir la soledad al amor “no puro” en el que priman los intereses que se
intentan imponer sobre el otro. No diremos nada más que esta apreciación,
general y propia a la vez, acerca de su vida sentimental que intuimos dolorosa
por ese motivo.
Simone Weil nunca fue feminista y rehuyó, además, el
mostrarse públicamente como “mujer”, es una opción de su identidad que debemos
aceptar. Su pasión por la filosofía griega y las virtudes
estoicas, le habían hecho esforzarse en conseguir una ascética viril, pero asoma, continuamente, su enorme y tierna
sensibilidad interior. Hay una apariencia externa fruto de sus circunstancias
históricas, pero también de unas opciones y unos de sentimientos personales
que, en realidad, desconocemos. Recordemos que murió joven y en tiempos de
guerra, no sabemos si hubiera habido cambios.
Algo que se observa, a lo largo de su corta vida, es que,
si bien tuvo numerosas y buenas amistades masculinas, es con las mujeres con
las que manifiesta una relación más cercana, expresándose con una confianza más
tierna, más íntima. Los modos son importantes, ella se aparta violentamente de
las maneras serviles que adoptan algunas mujeres, hace una demoledora
interpretación de la mujer del cuento del pescador, admira a Rosa Luxemburgo
por su pasión por la vida, su “alegría de vivir” y su estoicismo que define
como “actitud viril ante la desdicha”. “Si
algo no he soportado nunca es la situación de los que se encuentran en
retaguardia” le dirá a Bernanos (EHP, 523).
No sabemos qué pensaría o diría Simone hoy en día,
sabemos que dijo: “elegiré siempre,
incluso en el caso de derrota segura, participar en la derrota de los obreros
más que en la victoria de los opresores” (SP, 238). Así lo hizo, pasando por las etapas del sufrimiento
físico, la humillación y la incomprensión, con las que se fue situando, como
Electra, al borde de la soledad, la muerte, la locura.
Cristina
Basili[3], en un pequeño y bello
ensayo del comentario y traducción que SW hace de la tragedia de Electra[4],
muestra cómo las mismas preocupaciones por la opresión de los humillados le llevan
a ofrecer el relato trágico como fuente de inspiración para la resistencia.
Basili nos trae este relato a la opresión en el trabajo y a la sufrida en el
“cuerpo doliente” por las mujeres, remarcando la no renuncia a la lucidez y la
resistencia que, a pesar de todas las vejaciones, es la única que puede traer,
finalmente, la justicia. El amor -del anhelado hermano de Electra, Orestes,
traerá la ansiada liberación, algo que no suele suceder a los desdichados, pero
con la que todos sueñan, nos dice Simone invitándonos a resistir. La
resistencia consiste en que, “aun
obedeciendo las órdenes, en el fondo de su corazón no se doblega. Y lo deja
ver” (EHP, 280).
En
este aspecto del “cuerpo doliente”, como trabajadoras y como mujeres que
padecemos en un cuerpo con el que, precisamente por ello, mejor conectamos, nos
reconocemos, pero el acento es el del dolor, el dolor y el deseo de calmarlo.
Cuando estos sentimientos acucian todo lo demás pierde relevancia.
No
estaba su “ser mujer” en el ámbito reivindicativo (ese que consigue
emancipaciones y derechos) y sin embargo la sentimos cercana y liberadora. ¿Porqué?,
¿en qué aspecto?, ¿bajo qué términos?
El
ponerse “de parte de…”, hacerse uno con la condición desfavorecida del otro, es
lo que le permite no reivindicar para sí, sino para todos, pero eso sirve para
la condición humana en general, no explica la parte específica en la que la
sentimos cercana, hermana, liberadora de nuestra propia opresión, la que hemos
sufrido y seguimos o siguen sufriendo muchas mujeres.
Creemos
que podemos buscar la clave de la obra de Simone Weil en el “anti poder”, en
contrarrestar los efectos de la fuerza mediante la lucidez. En esa clave de
resistencia a la opresión mediante la propia toma de decisiones que vemos en su
traducción y análisis de Antígona y de Electra, nos la encontramos y nos la
reivindicamos como figura para la liberación de la mujer.
Pero
es en otros escritos más personales como en las cartas, en las libres
anotaciones de sus Cuadernos o en los detalles que nos explica su amiga SP
sobre la relación madre-hija o entre amigas, que encontramos su incipiente “ser
mujer” con el que nos podemos sentir cercanas, hermanas, amigas… desde todas
las distancias: la del tiempo, la de las circunstancias, la de las opciones…
¿Cómo fue su “ser mujer”? No podemos más que leer los
testimonios de los que la conocieron más directamente, respetar su
posicionamiento ante la vida, revisando, en todo caso, el conocimiento que
teníamos sobre nosotros mismos y sobre el mundo y abrirnos a la intuición que
nos sobreviene.
Lo que, personalmente, he aprendido respecto de mi “ser
mujer” es que nadie nace mujer; nacemos, todos, bebés; nos vamos diferenciando:
niño/niña -en algunos casos con auténticas dificultades, según he comprobado en
mi experiencia de maestra de infantil y primaria durante treinta años-;
atravesamos las tempestades de la pubertad y de la adolescencia, ¿quiénes
somos?, ¿qué somos?... A los trece años yo era un chico más entre mis dos
hermanos. Entre los quince y los veinte, invadida por una enfermedad, los
enamoramientos que habían empezado quedaron relegados en el fondo de un diario.
A los treinta, independiente, con amigos y feliz, había aceptado la soledad que
comporta preservar la libertad. Poco después, apasionadamente, formaría una
familia.
A través de nuestras circunstancias nos vamos orientando
y reorientando consciente e inconscientemente, reconociendo nuestras
inclinaciones, situándonos ante una misma y ante los demás, nos vamos
definiendo, durante muchos años aún a la expectativa. Si nos hacemos compañeras
de alguien y/o madres, biológica o experiencialmente, nuestro “ser mujer”
cambiará totalmente, igual que vamos cambiando en la relación con nuestra madre
o en las relaciones con otras mujeres alrededor del climaterio.
Es la identidad de la “metamorfosis” frente a la
monolítica establecida desde cánones en los que otros creen sin el “saber de
experiencia” al que nos hemos entregado, un saber que incluye la razón como el
elemento que permite lo que la razón puede: analizar, comparar, sintetizar,
comprender, aplicar… pero lo hace sobre conceptos, sentimientos, hechos y
vivencias.
Simone no pudo experimentar demasiadas transformaciones.
Fue un espíritu libre que desde niña se sintió cerca de los desdichados y se
puso radicalmente de su parte, ese era su interés y no otro. No fue feminista
y, aun así, desde esa clave del “anti poder” vemos una reclamación constante al
reconocimiento de su libre encaramiento y determinación; reconocimiento difícil
para las mujeres como, desgraciadamente, sabemos. No fue feminista y no se
mostró femenina. Fue así en los años de su vida en este mundo. Hizo su opción
por el movimiento obrero-sindical, haciéndose obrero, más que obrera. Tomó
sus decisiones y se esforzó en cumplirlas. Ejerció la libertad, lo que le
comportó mucho rechazo y dolor, pero es así como nos dio alas.
"A los 13 años era un chico más entre mis hermanos."
[1] Se
refiere a los acontecimientos de Le Puy y al trato que recibió de la
administración educativa.
[2] Según A.
Weil podría referirse a algún acto de un exhibicionista ocurrido antes de la
adolescencia de Simone. El Luxembourg es un parque cercano a la vivienda
familiar en aquellos años.
[3] Dra. en
Humanidades

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