El alma desgarrada clama justicia


L’HOSPITALET DE LLOBREGAT           ISSN 2565-0556
“El alma desgarrada clama justicia, más que reclamar derechos”.
Partimos para este análisis de un resumen del inicio del texto “La persona y lo sagrado” en Escritos de Londres y últimas cartas, ed. Trotta:
«Usted no me interesa.» Ésta es una frase que un hombre no puede dirigir a otro hombre sin cometer crueldad y herir a la justicia.
«Su persona no me interesa.» Esta frase puede tener lugar en una conversación afectuosa entre amigos próximos, sin herir lo que de más delicadamente receloso hay en la amistad.
Por lo mismo diremos sin rebajarnos: «Mi persona no cuenta», pero no: «Yo no cuento».
En cada hombre hay algo sagrado. Pero no es su persona. Tampoco es la persona humana. Es él, ese hombre, simplemente. (…)
Ni su persona, ni la persona humana en él, es lo que para mí es sagrado. Es él. Él por entero. Los brazos, los ojos, los pensamientos, todo. No atentaré contra ninguna de esas cosas sin escrúpulos infinitos.
(…) Es imposible definir el respeto a la persona humana. No sólo es imposible de definir con palabras. Muchas nociones luminosas están en el mismo caso. Pero esta noción tampoco puede ser concebida; no puede ser definida, delimitada mediante una operación muda del pensamiento.
Tomar como regla de la moral pública una noción imposible de definir y de concebir es dar paso a toda clase de tiranía. (…)
Amalgamar dos nociones insuficientes, hablando de los derechos de la persona humana, tampoco nos llevará muy lejos.
¿Qué es lo que exactamente me impide sacarle los ojos a ese hombre, si tengo licencia para ello y además me divierte? (…)
Lo que la retendría es saber que, si alguien le saca los ojos, se le desgarraría el alma al pensar que se le hace daño.
Desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Ante todo, es eso lo que es sagrado en cualquier ser humano.
Esa parte profunda, infantil, del corazón, que espera siempre el bien, no es la que está en juego en la reivindicación. (…) La palabra justicia tiene dos significados muy diferentes, que tienen relación con esas dos partes del alma. Solo la primera importa. Cada vez que surge, desde el fondo del corazón humano, el lamento infantil que Cristo mismo no pudo contener: (¿Por qué se me hace daño?), hay ciertamente injusticia. (…)
Lo sagrado es el propio ser humano[2] en su confianza básica y su necesidad. Atentar contra el otro es atentar contra el bien. El bien es todo lo que concierne al ser, aun cuando ya no reconozcamos, aparentemente, a una persona.
Lo personal (o egocéntrico) se basa en el revestimiento, en el prestigio, nos dice, -son los escritores los que han acuñado la palabra “personalismo”[3]-, nos recuerda. En cambio, las grandes verdades reveladas en las tragedias griegas, en la literatura universal o en las tradiciones espirituales son generalmente anónimas, ni siquiera recordamos al autor, si es que lo hay.
Muestra, desde un principio y a medida que avanza su proposición, las trampas y límites del lenguaje. El lenguaje, para Simone Weil, pertenece a la región de lo mediano, como las instituciones, como la política o las leyes. La “persona”[4] no es lo sagrado, la persona es algo desamparado, que tiene frío, que corre buscando refugio y calor, algo que desconocen lo que están revestidos.
La colectividad es ajena a lo sagrado y sólo consigue desorientar, no es en ellas donde el ser necesitado encontrará resguardo, pues lo que el ser necesita es un “silencio cálido”. Los profesionales de la palabra son bastante incapaces de dar expresión al sentimiento de injusticia que habita en las víctimas y a su necesidad de gritar y alzarse.
Las aspiraciones de los desgraciados son dos: que se reconozca la verdad de su desgracia y llenarse con palabras de bien, palabras eternas como justicia o amor. Es peligroso utilizar esas palabras, por eso alentaremos a los que pueden detentar el genio: los humildes, la gente que vive en el reino de los bienes impersonales o los que han pasado al otro lado por el anonadamiento.
“… hay que tener cariño y ser cálidos hacia el crecimiento del genio, con ternura y con respeto, ya que únicamente los héroes realmente puros, los santos y los genios pueden socorrer a los desgraciados. Entre ambos, la gente de talento, de inteligencia, de energía, de carácter, de fuerte personalidad hacen pantalla e impiden la ayuda. No hay que hacer ningún mal a la pantalla, pero suavemente hay que echarla a un lado, intentando que se dé cuenta lo menos posible. Y hay que romper la pantalla mucho más peligrosa de lo colectivo, suprimiendo toda la parte de nuestras instituciones y nuestras costumbres en la que habita una forma cualquiera del espíritu de partido. Ni las personalidades ni los partidos conceden jamás audiencia a la verdad ni a la desgracia.”[5]
En este texto nos ha expuesto la realidad del otro, como un ser que me incumbe, ante el cual tengo una responsabilidad, la de no hacerle daño, la de querer su bien y la de procurar reparar, si ha sido dañado. Nos ha descubierto los artificios del lenguaje respecto a uno mismo y el revestimiento de la “persona”, dejando en evidencia la más amarga realidad que el ser humano experimenta: la desgracia, la que nadie quiere reconocer, ni en uno mismo ni en el otro que me la muestra como un espejo.
Esa verdad que se calla, incluso ante uno mismo, es la verdad que necesita atención, que clama sin voz, una voz que no se oye pero que nos llama, una verdad que sólo son capaces de atender los que la han soportado permaneciendo en el bien, sólo ellos pueden ayudar a dar expresión a los desgraciados con palabras que devuelvan la belleza, que restauren la justicia y les llenen de amor. Sólo un necesitado puede atender a otro necesitado.
La voz desgarrada del que clama justicia conecta con la necesidad, es impersonal como la misma justicia, la verdad o la belleza, como la obligación. Lo impersonal es lo sagrado y la única manera de conectar con ello es mediante la atención a la necesidad por la obligación.


[1] EL, 17-18, PS
[2] Como puede serlo cualquier ser vivo en esa confianza básica de que no se le haga daño alevosamente.
[3] Hablaremos de esta corriente al analizar el contexto religioso.
[4] Quizás, lo que ella denomina “persona” podríamos cambiarlo por ego y lo entenderíamos mejor.
[5] EL, 32, PS

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